
El mundo del ego está repleto de historias de amor, romances, amores imposibles y amores apasionados. Quizás las historias que menos alcanzan la luz pública se parecen a la que hoy te voy a contar. Es una historia de amor verdadero que ocurrió no hace tanto: La historia de amor entre Rafa y Doña Carmen.
Rafa no tenía mayores pretensiones: quería cumplir su trabajo en el menor tiempo posible y ganar cuanto más dinero pudiera. Entre uno y otro deseo sucedían eventos ajenos lejos de su alcance y conocimiento.
Él era repartidor de botellones de agua, como quién dice, repartidor de vida. Llevaba en su carretilla litros y litros del líquido vital y los repartía por ahí, de tienda en tienda, de casa en casa. No era sólo agua lo que repartía. También repartía sonrisas, cariño, arrumacos y guiños. Esto último casi le llenaba más que la paga de fin de mes.
Un sábado de verano, un día de calor intenso, Rafa subió jadeando las cuatro plantas sin ascensor cargando lo que tenía que entregarle a la señora del cuarto piso, a Doña Carmen. Porque Rafa no era ya ningún muchachito. Había nieve en su cabello y en verano, subir cuatro plantas cargando los botellones era una tarea que lo mantenía en buena forma física pero que también le pasaba factura. No era lo mismo llevar los garrafones en la carretilla que subirlos a pie cuatro plantas. Pero Rafa sabía que arriba le esperaba Doña Carmen, quién rara vez salía de su departamento, pero que siempre le esperaba a su llegada para ofrecerle café, un refresco y una sonrisa que asomaba entre los pliegues de sus 85 años.
Esa tarde Rafa llamó a la puerta y quién la abrió no fue la Doña Carmen gentil de siempre. En la entrada aguardaba una señora muy mayor llorando desesperadamente porque su hijo la había tratado mal y le había gritado, marchándose estruendosamente. Ella se había quedado confusa y llorosa. No entendía lo qué había pasado ¿Se había tardado un poco más en atenderle? ¿La comida tenía mucha o poca sal? Ella no sabía bien cuál había sido su error, pero el caso es que su hijo se había ido en un grito, dejando inconsolable a la anciana.
Rafa al principio no entendía lo sucedido. Pensó en mil calamidades, y aunque Doña Carmen le explicaba entre sollozos, él no atinaba a comprender y miraba atónito a la anciana, sin saber qué hacer.
Entonces, ocurrió el milagro, pues cuando los obradores de sucesos extraordinarios van por ahí repartiendo vida, eso es lo que ocurre: milagros. Sin saber por qué, sin entender la causa y sin querer entenderla, Rafa dejó los botellones en el suelo, se acercó sigilosamente a Doña Carmen y la abrazó con todo su ser. Se entregó completamente a ese abrazo, la contuvo por unos instantes y la sostuvo durante el tiempo que ella necesitó para calmarse, hasta que ambos respiraron juntos con tranquilidad. Él no preguntó nada más. Ella lo miró agradecida y le pagó por los garrafones. Se sentía mejor, se sentía aliviada. Y se despidieron en la puerta como aquellos que saben que pronto volverán a encontrarse.
Ya entrada el atardecer, Rafa recibió una llamada de la administradora. Decía que tenía que regresar a ver a Doña Carmen porque ella se había comunicado para informar que Rafa había dejado unos papeles de trabajo. ¡Que extraño!, pensó Rafa. No le parecía haber olvidado nada.
Entonces, sin pensarlo, regresó al mismo edificio y volvió a subir las cuatro plantas, y volvió a tocar la puerta de Doña Carmen. Ella atendió y lo hizo pasar. Él preguntó ¿qué se me olvidó Doña Carmen? Y Doña Carmen sin dudarlo le dijo, ‘¡Esto!’ y le plantó un abrazo con todo su ser, dejando a Rafa completamente sorprendido y conmovido. Ella también había aprendido que dar y recibir es lo mismo, y su corazón se atrevió a dar ese regalo.
En este mes de febrero, ¡atrévete a dar regalos que salgan de tu corazón agradecido!
Carolina Corada







