
La noche del 15 de septiembre de 2026, en el 216 aniversario del Grito de Independencia, la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo volvió a convertir el balcón central de Palacio Nacional en una vitrina para el textil mexicano. Sobre una falda negra de corte recto se levantó una blusa de bordado floral multicolor —rojos, rosas, morados, azules y verdes— nacida en el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca. Detrás de esa prenda hay nombres propios: dos diseñadoras, un sastre y un colectivo de artesanas y personas muxe que llevan casi una década reivindicando el bordado juchiteco. Esta nota reconstruye quién es quién en ese equipo y qué dice el vestuario elegido.
El diseño del atuendo se atribuye a Thelma Islas Lagunas y Crystel S. Martínez Torres, dupla que en los últimos años se ha convertido en la referencia obligada cuando se habla de la ropa de la mandataria. Islas, originaria de Tlaxcala, comenzó su relación con Sheinbaum durante su gestión como jefa de Gobierno de la Ciudad de México y hoy colabora desde la Oficina de la Presidencia en la selección de huipiles, telas y bordados que después se convierten en prendas completas. Su papel no es solo estético: funge como enlace entre la mandataria y las comunidades artesanas de distintos estados, coordinando encargos que van del Istmo de Tehuantepec a Chiapas.
Junto a Islas trabaja Crystel S. Martínez Torres, con quien ha firmado algunos de los vestuarios más comentados de la Presidenta, incluido el de su primer Grito de Independencia en 2025. La dupla no fabrica las prendas: selecciona telas, define cortes y, junto con los talleres artesanos, define el patrón de bordado, dejando la ejecución textil en manos de las comunidades de origen.

La confección final —es decir, ensamblar el bordado del Istmo sobre una estructura de saco y falda lista para una ceremonia de Estado— corrió a cargo del sastre Saúl Mosqueda, reconocido públicamente por la propia Presidenta junto con las diseñadoras y las bordadoras. Su trabajo es el puente técnico entre la pieza de bordado artesanal, pensada originalmente para un huipil o una blusa tradicional, y el corte de gala que exige un acto protocolario transmitido a todo el país.


El elemento que more concentró la atención del vestuario fue el bordado, obra del Taller de Bordado Biulú (Creaciones Biulú), colectivo de artesanas y personas muxe zapotecas de la novena sección de Juchitán de Zaragoza, Oaxaca. El taller fue fundado en 2017 por el poeta, traductor y artesano muxe Elvis Guerra como respuesta al sismo de 8.2 grados que ese año devastó buena parte del Istmo, con el propósito de revitalizar —y pagar en su justa medida— el traje típico de la mujer istmeña. Hoy reúne a cerca de veinte mujeres y personas muxe de entre 17 y 58 años, y trabaja bajo un esquema colectivo donde cada huipil o enagua puede tomar entre ocho y diez horas diarias de labor.
Para esta pieza en particular, Sheinbaum agradeció públicamente el trabajo de Elvis Guerra, Dayari Ramírez, Reyna Montero y Lorena Martínez, quienes bordaron a mano —con la técnica tradicional de aguja de gancho sobre tela— los motivos florales que cubren la parte superior del vestido. Según relató el propio Guerra en entrevista con N+, el proceso completo tomó alrededor de dos meses y el diseño de las flores fue elegido personalmente por la Presidenta a partir del catálogo del taller, con al menos dos rondas de bocetos hasta llegar a la versión final. En el Istmo, estos motivos florales se entienden como un “jardín andante”: una representación textil de los jardines domésticos que las mujeres juchitecas han cultivado por generaciones.
Tras la ceremonia, el propio taller compartió en redes sociales un mensaje que resume el significado político del encargo: vestir a la Presidenta de México, dijeron, es un logro colectivo que no pertenece solo a Biulú sino a Juchitán entero, y un homenaje a las bordadoras y muxes cuyo trabajo históricamente no había sido valorado en su justo precio.
El vestido de este año marca un giro respecto al primer Grito de Sheinbaum como Presidenta, en 2025, cuando usó un conjunto morado bordado por artesanas nahuas de San Isidro Buen Suceso, Tlaxcala. En 2026 el tono cambió a un negro sobrio que sirve de fondo neutro para el bordado, una decisión que privilegia el protagonismo visual de las flores del Istmo por encima del color de la tela. La paleta floral —cálida, saturada, sin degradados— reproduce fielmente la estética del huipil tehuano tradicional, mientras que el corte (blusa entallada con escote discreto y falda de línea recta) traduce ese lenguaje textil a un código de etiqueta presidencial: sobrio en la silueta, exuberante en el bordado.
El peinado recogido, los aretes pequeños de perla y la ausencia de accesorios llamativos refuerzan esa lógica: nada compite con el bordado. Sobre el conjunto, la banda presidencial tricolor —confeccionada en los talleres textiles de la Secretaría de la Defensa Nacional— añadió el único elemento oficial ineludible del protocolo del 15 de septiembre.
Más allá de la estética, la elección repite un patrón que ha caracterizado el vestuario de Sheinbaum desde la toma de protesta: preferir el trabajo artesanal de comunidades indígenas mexicanas por encima de firmas de lujo internacionales. En este caso, el gesto tiene una capa adicional de significado, al tratarse de un taller fundado y dirigido por una persona muxe, identidad reconocida en la cultura zapoteca del Istmo de Tehuantepec como un tercer género, y al colocar en el centro de un acto de Estado un oficio —el bordado— históricamente asociado casi por completo a mujeres.
Fuentes: cuenta oficial de X (Twitter) de Claudia Sheinbaum Pardo; declaraciones de Elvis Guerra a medios nacionales; cobertura periodística de El Financiero, Infobae, El Informador, Excélsior, La Razón de México, N+ y El Heraldo de México sobre el vestuario presidencial del 15 de septiembre de 2026.










