
La nieve de nochebuena es mucho más que un postre navideño: representa el ingenio, la identidad y la tradición de una familia oaxaqueña que ha dedicado seis generaciones enteras a crear sabores únicos que forman parte de la memoria colectiva de Oaxaca.



Su creador, Pedro Manuel Velasco Cuevas, buscaba un sabor auténtico para la temporada decembrina. Tras numerosos intentos fallidos, encontró en la flor de nochebuena una oportunidad para innovar. Pero no cualquier flor funcionaba: sólo las que crecen silvestres mantienen la textura y esencia perfectas para esta preparación.
La idea nació hace cinco años, cuando Pedro viajó con su familia a Ixtlán de Juárez. Allí, al descubrir nochebuenas silvestres, retomó sus experimentos y finalmente logró el sabor que hoy es símbolo de su marca La Santa Nieve, conocida por ofrecer más de 300 sabores exóticos y tradicionales.
Aunque decidió independizarse del negocio familiar, Pedro no rompió con su herencia. Su estilo creativo lo llevó a combinar nieves con elementos culturales como alebrijes y mezcal, amplificando la conexión entre gastronomía y arte popular oaxaqueño.
Este oficio no surgió de la nada, su historia comenzó alrededor de 1830, cuando su tatarabuela Carlota Hernández, originaria de la Sierra Norte, aprendió a preparar nieve estando al servicio de una familia española. Al independizarse, instaló su propio puesto en el Zócalo de Oaxaca.
Con el tiempo la tradición se transmitió a su hija Ana Cleta, quien de manera accidental creó la famosa nieve de leche quemada. Ese sabor se convirtió en uno de los pilares de la familia y abrió paso a nuevas combinaciones que marcaron generaciones completas.
Los abuelos de Pedro consolidaron la tercera generación y llevaron las nieves oaxaqueñas a otro nivel, al grado de ser solicitadas por presidentes de México como Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y José López Portillo, quienes pedían envíos especiales.
La cuarta generación elevó aún más el impacto cuando sus padres fundaron en 1953 la reconocida marca Nieves Manolo, con la que recorrieron escuelas, mercados y barrios, consolidando un proyecto que creció junto al desarrollo urbano de Oaxaca.
Con el deseo de innovar, Pedro emprendió su propio camino y creó sabores tan sorprendentes como mezcalina, chocolate con mandarina, cempasúchil, vino tinto con arándanos y hasta cannabis con mango para pedidos especiales. Su esencia es la experimentación constante.
Hoy, la tradición continúa viva con la sexta generación. Uno de sus hijos estudia gastronomía y ya desarrolla nuevas combinaciones, como la nieves de chepil con elote y hierba santa con vainilla, asegurando que el legado seguirá evolucionando sin perder sus raíces.
Reconocido durante la Cumbre Social de los Pueblos de América Latina y el Caribe, reafirma que este oficio es más que un negocio: es un testimonio de perseverancia, creatividad y amor por Oaxaca. La nieve de nochebuena es prueba de cómo una tradición puede reinventarse sin perder el corazón que la vio nacer.